8 de febrero de 2009

R.Waters en Baires


Algunos critican que Waters construyó una pared de contrasentidos con un vallado que divide a dos campos con diferente nivel adquisitivo.

Verdad.

Algunos critican que Waters está viejo y que se dedica a hacer plata y reposar sobre su pasado.

Verdad.

Otros no entienden como Waters convoca a Padres, hijos y nietos en una misma identidad.

Verdad.

Otros se sorprenden que haya gente (como yo y tantos otros) dispuesta a gastar lo que le queda de sus ahorros para ver de nuevo un mismo show al día siguiente.

Verdad.

Pero del otro lado de la luna, las verdades no importan.

Su música no se piensa, se siente.

Su música no se escucha, se experimenta.

Su música se vive y se lleva en el alma, da escalofríos y miedo, nervios y silencio, lágrimas y carcajadas.

Su música se viaja en el tiempo que nos corre, en la vida que se escapa, en la locura que amenaza, en el sol que se desvanece en la luna que se oscurece, en la pared que construimos día a día con ladrillos metafóricos de pastillas de soma, en el dar vueltas en una pecera sin salida, en el cigarro y el dinero y la justicia y las ovejas perseguidas por los perros y los cerdos y en la soledad entre cuatro paredes donde el sol no llega ya, eclipsado por la cabeza oscura del fluido rosado.

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